Bajé la mirada.
Una parte de mí quería creerle.
Otra recordaba cada noche en la que Mía había preguntado por qué no tenía papá.
—Dante, hay algo que no sabes.
Sus ojos se fijaron en los míos.
—¿Qué cosa?
Respiré profundamente.
—Tengo una hija.
El monitor cardíaco aceleró ligeramente su ritmo.
—¿Una hija?
Asentí.
—Se llama Mía. Tiene seis años.
Dante permaneció completamente inmóvil.
Después sus labios comenzaron a temblar.
—Clara…
—Es tu hija.
Vi cómo aquella confesión lo destrozaba.
El hombre más temido de Seattle, el mismo cuyo nombre aparecía constantemente en investigaciones criminales, comenzó a llorar silenciosamente.
—¿Seis años? —preguntó.
—Sí.
—¿Ella… está bien?
Aquella pregunta me hizo daño.
Porque no preguntó por una prueba.
Ni por dinero.
Ni por su reputación.
Preguntó si estaba bien.
—Es inteligente, divertida y demasiado curiosa para su propio bien. Le encantan los caballos, aunque nunca ha montado uno.