Pero una pregunta no dejaba de perseguirme.
¿Por qué mi hija tenía tanto miedo de su propia casa?
La llevé a la cocina, preparé un chocolate caliente y le puse una manta sobre los hombros.
Mientras bebía, le pedí que me contara lo que había ocurrido durante los últimos meses.
Al principio habló poco.
Después, cuando comprendió que no iba a interrumpirla ni a defender a Verónica, las palabras comenzaron a salir.
Me contó que Camila había empezado a tratarla mal poco después de mudarse con nosotros.
Le quitaba la ropa, utilizaba sus cosas sin permiso y se burlaba de ella por ser hija de una mujer fallecida.
Al principio, Valeria acudía a Verónica para pedir ayuda.
Pero Verónica siempre encontraba la manera de culparla.
—Tú eres la mayor. Debes dar ejemplo.
—No seas egoísta. Camila está pasando por una etapa difícil.