Después sacó un tercero.
—¿Esperamos a alguien? —pregunté.
Ella sonrió.
—No. Es por si viene la tía Teresa.
Miró las sillas y añadió:
—Me gusta que siempre haya sitio para alguien más.
Me quedé contemplándola.
Recordé aquella primera noche, cuando la había encontrado arrodillada junto a una cubeta, intentando terminar la ropa de personas que la trataban como si no perteneciera a su propia casa.
Y recordé las palabras que habían comenzado todo.
Tu hija no merece sentarse a esta mesa.
Respiré profundamente.
—Valeria, quiero que recuerdes algo toda tu vida.
Mi hija dejó la taza sobre el plato.
—¿Qué cosa, papá?
—Nadie tiene derecho a convencerte de que vales menos por el hecho de que alguien no sepa quererte. Tu lugar en esta familia nunca debió depender de lo útil que fueras para los demás.
Valeria se levantó, rodeó la mesa y me abrazó.