Cuando vio a Valeria, la abrazó y se quedó con ella en la sala mientras yo organizaba mis pensamientos.
No quería tomar decisiones precipitadas sobre mi matrimonio, pero había algo que tenía claro: mi hija no volvería a quedarse sola con Verónica hasta que yo supiera cómo garantizar su seguridad.
También llamé a un abogado para conocer mis opciones y averiguar cómo proteger legalmente a Valeria si la situación empeoraba.
Por primera vez en muchos años, no estaba pensando en cuándo volvería a la carretera.
Estaba pensando en quedarme.
El domingo por la tarde, Verónica regresó de Cancún.
Llegó arrastrando una maleta, seguida de su hermana y de Camila.
Entró hablando de la playa, del hotel y de los restaurantes que habían visitado.
Se detuvo al verme sentado en la sala.
—¡Rafael! —exclamó, sorprendida—. ¿Qué haces aquí?