La niña señaló una muñeca de tela desgastada que había dejado sobre una silla.
En ese instante, el coronel Méndez, que había permanecido cerca de la puerta, dejó de mirar su reloj.
Había escuchado suficiente para comprender que quizá estaba a punto de ejecutar a una mujer inocente.
—Guardias —ordenó con voz firme—. Que nadie salga de esta sala.
Después se volvió hacia Salomé.
—Pequeña, necesito que me cuentes exactamente lo que viste. No tienes que tener miedo aquí.
La niña lo observó con desconfianza.
—¿Va a dejar que maten a mi mamá?
El coronel sintió un nudo en la garganta.
—No mientras yo pueda impedirlo.
Y por primera vez en treinta años de servicio, el viejo director de la prisión comprendió que un expediente aparentemente perfecto podía esconder una terrible injusticia.
Capítulo 2. La grabación escondida
El coronel Méndez llamó inmediatamente al médico de la prisión, al jefe de seguridad y al fiscal de guardia.