Se quedó sentada, llorando en silencio.
Había esperado cinco años para escuchar aquellas palabras.
Cinco años en los que perdió cumpleaños, abrazos, mañanas y noches que jamás podría recuperar.
Salomé corrió hacia ella cuando terminó la audiencia.
—¿Ahora sí podemos irnos a casa, mamá?
Ramira la abrazó con fuerza.
—Sí, mi amor. Ahora sí.
Pero al salir del tribunal, la niña hizo una pregunta que rompió el corazón de su madre.
—¿Crees que papá sabía que el tío Mauricio iba a hacerle daño?
Ramira se arrodilló frente a ella.
—No lo sé, mi vida. Pero sí sé que tu papá te quería. Y sé que tú no tenías la obligación de resolver los problemas de los adultos.
Salomé bajó la mirada.
—Me daba miedo que, si decía la verdad, también te perdiera a ti.