—Necesitamos que un contador independiente examine estos documentos —dijo ella.
Don Severo cerró la carpeta.
—No pienso discutir mis negocios con una mujer que llegó aquí cargando gallinas.
—Entonces no debería tener inconveniente en demostrar que sus números son correctos.
Por primera vez, Don Severo no encontró una respuesta inmediata.
Se marchó prometiendo regresar con la autoridad correspondiente.
Esa misma noche, Magdalena viajó al pueblo y buscó a un escribano conocido por su honradez. Le mostró los documentos y los recibos que había encontrado.
El hombre trabajó durante varios días.
Su conclusión fue contundente: la deuda existía, pero la cantidad reclamada era considerablemente superior a la que podía justificarse con los documentos disponibles.
Aquello no borraba las obligaciones de Evaristo, pero le daba a la hacienda una oportunidad para defenderse.
Magdalena comprendió que no bastaba con producir riqueza.
También tenía que protegerla.