—¿Alguna vez te arrepentiste de haberte quedado?
Magdalena observó el patio donde, tantos años atrás, la habían recibido con carcajadas.
—Me arrepentí de haber creído que tu propuesta era sincera —respondió—. Me arrepentí de no haber sabido quién eras cuando acepté casarme contigo.
Él bajó la mirada.
—Lo entiendo.
—Pero nunca me arrepentí de haber venido aquí.
Evaristo la miró sorprendido.
Magdalena sonrió ligeramente.
—Si no hubiera llegado a esta hacienda, quizá habría pasado el resto de mi vida trabajando para alguien que nunca habría conocido mi verdadero valor.
Se quedaron en silencio mientras el viento movía los árboles del patio.
A la mañana siguiente, Magdalena volvió a levantarse antes del amanecer.
Revisó las cuentas, visitó el taller y comprobó que el nuevo envío de lana estuviera preparado. Después caminó hasta el antiguo corral, donde todavía se conservaba una parte de la primera cerca que había reparado con Don Jacobo.