El joven miró hacia la casa principal.
—¿Y cómo consiguió cambiarlo todo?
Don Jacobo, que ya caminaba con dificultad y tenía el cabello completamente blanco, respondió:
—Porque nosotros vimos su cuerpo y nos creímos capaces de juzgar su valor. Ella vio una hacienda arruinada y supo reconocer lo que todavía podía salvarse.
El muchacho guardó silencio.
—Nunca olvides esto —añadió el anciano—: la mayoría de las personas mira lo que tienes delante. Muy pocas saben reconocer lo que puedes llegar a construir.
Aquella noche, Magdalena cenó con Evaristo en el porche.
Él había envejecido. Su cabello estaba encanecido y sus manos mostraban las marcas de años de trabajo. Entre ambos existía una confianza que no había nacido del amor romántico ni de una promesa de felicidad, sino de la manera en que habían aprendido a tratarse.
Evaristo dejó una taza de café sobre la mesa.