Lo hizo porque recordaba perfectamente lo que significaba llegar a un lugar sin dinero, sin protección y sin que nadie estuviera dispuesto a escucharla.
En San Bartolomé, la gente empezó a llamarla la señora del Manantial.
Los mismos hombres que se habían reído de ella comenzaron a inclinar la cabeza cuando pasaba.
Algunos intentaron fingir que siempre la habían respetado.
Magdalena conocía demasiado bien la naturaleza humana para creerles.
Una tarde, muchos años después de aquella boda, un joven llegó a la hacienda buscando trabajo. Era hijo de uno de los hombres que habían participado en las burlas del primer día.
Mientras esperaba a que lo atendieran, escuchó a dos trabajadores hablar de la historia de Magdalena.
—Dicen que se casó con Evaristo por una apuesta —comentó uno.
—Sí. Él pensó que sería la vergüenza de su vida.