Que aquello no era un capricho de adolescente.
Que detrás había algo mucho más grande.
Frank se negó ni siquiera a escucharla.
Menos de una hora después…
Hannah estaba parada sobre la banqueta con una maleta, unos cuantos dólares en el bolsillo y una vieja chamarra.
Su madre la observaba desde la ventana con una mano cubriendo la boca.
Pero jamás abrió la puerta.
Aquella noche Hannah durmió en la terminal de autobuses.
Al día siguiente viajó hasta Chicago, donde una antigua amiga de la preparatoria le consiguió un diminuto cuarto detrás de un salón de belleza.
Fue ahí donde comenzó de nuevo.
Sin nada.
Vendía sándwiches para las mañanas.
Lavaba platos por las tardes.
Y estudiaba contabilidad por internet cuando el cansancio apenas le permitía mantener los ojos abiertos.
Tiempo después nació su hijo.
Lo llamó Owen.