Sus padres la echaron de casa por quedar embarazada a los 19 años. Diez años después regresó con su hijo… y una sola frase destruyó a toda la familia.

—¿De verdad se puede evitar cualquier accidente si una fábrica cumple todas las normas? —pregunté.

Daniel sonrió con cierta tristeza.

—No todos los accidentes se pueden evitar. Pero hay algunos que nunca deberían ocurrir.

No entendí del todo lo que quiso decir.

Durante las semanas siguientes volvimos a encontrarnos. A veces hablábamos en la cafetería cercana a la fábrica. Otras veces caminábamos por el parque después de que él terminara su jornada.

Daniel nunca me prometió una vida perfecta. Me hablaba de sus sueños, de la posibilidad de continuar estudiando y de su deseo de construir una familia en la que ningún niño tuviera que crecer con miedo.

Con él aprendí que el amor no siempre se demuestra con grandes declaraciones. A veces se demuestra recordando cómo te gusta el café, acompañándote a casa cuando llueve o escuchándote cuando el resto del mundo parece tener demasiada prisa.

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