Nunca imaginé que ya lo tenía.
Cuando los niños comenzaron a comer, Isabella me miró.
—No deberías haber cancelado tu compromiso.
Solté una risa amarga.
—¿Cómo podía pedirle matrimonio a otra mujer después de descubrir esto?
Bajó la mirada.
—No sabía que ibas a casarte.
—Yo tampoco quería hacerlo.
Isabella levantó los ojos.
—Entonces, ¿por qué?
Respiré profundamente.
—Porque mi familia considera que los matrimonios son acuerdos comerciales.
Ella sonrió tristemente.
—Algunas cosas nunca cambian.
Aquella frase me dolió.
—Isabella, ¿por qué no me dijiste que estabas embarazada?
Su expresión se endureció.
—Lo intenté.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Te llamé.
Sentí un escalofrío.
—Nunca recibí ninguna llamada.
Isabella soltó una risa sin alegría.
—También fui a tu oficina.
La miré fijamente.
—¿Cuándo?
—Dos semanas después de nuestra separación.
Recordé aquellos días.
Mi padre había sufrido un infarto.