Ni un movimiento.
Finalmente mi madre susurró:
—¿Isabella Bennett?
Sentí que el corazón se me endurecía.
—Sí.
Hubo otra pausa.
—Dominic, aléjate de esa mujer.
Solté una risa amarga.
—¿Por qué?
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sé que tiene cuatro hijos.
El silencio fue absoluto.
Después escuché cómo mi madre dejaba caer algo.
—¿Qué dijiste?
—Cuatro niños de seis años.
Mi voz se volvió fría.
—Mis hijos.
Mi madre respiró con dificultad.
—Dominic, escúchame…
La interrumpí.
—¿Le ofreciste quinientos mil dólares para que desapareciera?
Hubo un silencio.
Y aquel silencio fue suficiente.
—Mamá.
—Solo intentaba protegerte.
Sentí una rabia que apenas podía controlar.
—¿Protegerme de qué? ¿De conocer a mis hijos?
—La familia estaba atravesando una crisis.
—¡Eran mis hijos!
Mi voz resonó en la calle.
Varias personas se volvieron.
No me importó.
—Durante seis años me dejaste creer que Isabella me había abandonado.