Quise tomar su mano.
Pero me detuve.
No tenía derecho a exigir confianza después de seis años de ausencia, aunque aquella ausencia hubiera sido construida sobre mentiras.
—Lo siento —susurré.
Isabella bajó la mirada.
—Yo también.
En ese momento Ethan se acercó.
Llevaba una servilleta en la mano.
—Mamá, ¿por qué lloras?
Isabella sonrió rápidamente.
—No pasa nada, cariño.
Ethan me miró.
Después tomó otra servilleta y me la entregó.
—Tú también pareces triste.
Sentí que el corazón se me rompía.
Me arrodillé junto a él.
—Gracias, campeón.
El pequeño me observó durante varios segundos.
Después preguntó:
—¿Vas a volver a vernos?
No pude responder inmediatamente.
Miré a Isabella.
Ella permaneció inmóvil.
Finalmente dije:
—Si tu mamá está de acuerdo, me gustaría muchísimo.
Ethan sonrió.
—Bien. Porque Lucas dice que tienes nuestros ojos.
Solté una pequeña carcajada.