Después me miró.
—Parece que heredaste algo más importante que su restaurante.
Durante aquella conversación descubrí que Misha había perdido a su madre dos años atrás.
Su nombre era Natalia.
Había fallecido después de una enfermedad repentina.
Desde entonces, Mikhail había intentado compensar su ausencia con juguetes, viajes y una casa enorme.
Pero su hijo seguía sintiéndose solo.
—Tiene todo lo que puede comprarse —confesó Mikhail—. Excepto lo único que realmente necesita.
Lo observé.
—¿Tiempo contigo?
Su expresión cambió.
Permaneció en silencio.
Finalmente asintió.
—Sí.
Respiré profundamente.
—Entonces quizá deberías empezar por eso.
Mikhail me miró sorprendido.
—¿Acabas de darme consejos sobre cómo criar a mi hijo?
Sonreí.
—Alguien tenía que hacerlo.
Por segunda vez aquella noche, se rio.
Y aquella risa transformó completamente su rostro.
Antes de marcharse, Mikhail observó las facturas que había dejado sobre la mesa.