Aquella noche, Mikhail y yo viajamos hasta una propiedad familiar junto al lago Michigan.
Misha permaneció en casa con su niñera y personal de confianza.
La vivienda estaba cerrada desde la muerte de Natalia.
Cuando entramos, el aire olía a madera antigua.
Mikhail permaneció inmóvil frente a una fotografía de su esposa.
—No he venido aquí desde su funeral —susurró.
Sentí una punzada de tristeza.
—Podemos hacerlo otro día.
Negó lentamente.
—No. Necesito saber la verdad.
Subimos al dormitorio principal.
Mikhail abrió el armario.
En el fondo había una caja de madera.
Dentro encontramos un cuaderno verde.
Y debajo, un pequeño compartimento cerrado.
Saqué la llave plateada.
Encajó perfectamente.
Sentí que el corazón comenzaba a latir violentamente.
Mikhail abrió el compartimento.
Dentro había una memoria de almacenamiento y una carta.
La carta estaba dirigida a él.
Reconoció inmediatamente la letra de Natalia.