Solamente observaba la mano de Rodrigo, que seguía sujetando mi muñeca.
Levanté los ojos hacia él.
Y con una voz tan tranquila que todos pudieron escucharla, dije:
—Tienes tres segundos para soltarme.
Rodrigo tragó saliva.
Pero en lugar de apartar la mano, apretó los dientes y respondió:
—¿Y qué vas a hacer si no te suelto?
Lo miré sin pestañear.
—Uno…
Y entonces ocurrió algo que ninguno de los presentes olvidaría jamás.
PARTE 2 — EL FINAL QUE NADIE ESPERABA
—Uno…
Mi voz sonó tan tranquila que hasta el ruido del asador pareció desaparecer.
Rodrigo seguía sujetándome la muñeca.
—¡No me vengas con tus amenazas, Valeria! —escupió, intentando disimular su nerviosismo—. ¡Aquí no estás en una de tus peleítas!
—Dos…
Su sonrisa desapareció.
Mi esposo, Alejandro, dio un paso hacia nosotros.
—Rodrigo, suéltala. Te lo estoy pidiendo por última vez.
Pero mi cuñado era demasiado orgulloso para retroceder frente a toda su familia.