Tenía el rostro rojo de coraje.
—No vuelvas a tocarme.
—¿O qué? ¿Vas a esconderte detrás de tu mujercita?
Mi suegra levantó una mano.
—¡Ya, muchachos! ¡No vayan a echar a perder la carne asada!
Pero no le pidió a Rodrigo que se disculpara.
Tampoco le reclamó por haberme vaciado la cerveza encima.
Yo observaba todo en silencio.
Y entonces sentí algo que no había experimentado en muchos años.
Una calma absoluta.
Era la misma sensación que tenía cuando entraba a una jaula de combate.
Miles de personas podían estar gritando a mi alrededor.
Los reflectores podían iluminarme directamente el rostro.
Mi oponente podía caminar de un lado a otro intentando intimidarme.
Pero yo solamente escuchaba mi respiración.
Lenta.
Controlada.
Tranquila.
Porque había aprendido algo durante mis años como peleadora profesional:
La persona que más grita no siempre es la más peligrosa.