Lo miré sonriendo entre lágrimas.
—¿Aunque ya no sea campeona?
Él negó con la cabeza.
—Amor, nunca dejaste de serlo.
Esa noche, cuando regresamos a casa, abrí el cajón donde guardaba mi antiguo cinturón dorado.
Durante años había permanecido escondido.
Lo saqué cuidadosamente.
Acaricié las letras bordadas.
Recordé los entrenamientos interminables.
Las victorias.
Las derrotas.
El dolor.
Los sueños que había tenido que abandonar.
Después coloqué el cinturón sobre una repisa de nuestra sala.
A su lado puse la fotografía de Sofía.
Y entre ambos objetos dejé la pequeña medalla plateada que don Ernesto había guardado para mí.
Alejandro observó todo en silencio.
—¿Por qué los pusiste juntos? —preguntó.
Sonreí.
—Porque durante mucho tiempo pensé que este cinturón representaba lo más importante que había conseguido en mi vida.
Señalé la fotografía.
—Pero ahora sé que lo verdaderamente importante está aquí.