Lo miré.
—Cuídala. Y aprende a tratar con respeto a las personas que tienes cerca.
Bajó la cabeza.
—Lo haré.
Durante el camino a casa, Alejandro condujo en silencio.
Yo llevaba la medalla entre las manos.
Cuando nos detuvimos frente a un semáforo, mi esposo comenzó a llorar.
Nunca lo había visto llorar de aquella manera.
—¿Qué pasa, amor? —pregunté.
Me tomó la mano.
—Mi papá hablaba mucho de aquella mujer.
Sonrió entre lágrimas.
—Decía que, si algún día la encontraba, quería darle las gracias personalmente.
Se quedó callado unos segundos.
—Y pensar que terminó siendo mi esposa…
Yo también comencé a llorar.
Alejandro me acarició la mejilla.
—Mi papá te habría querido muchísimo.
Apreté la medalla contra mi pecho.
—Ojalá hubiera podido conocerlo.
Mi esposo negó suavemente.
—De alguna manera, amor, ya lo conociste. Aquella noche le salvaste la vida.