—Eso fue hace diez años —murmuró finalmente—. No significa que puedas venir aquí a hacer lo que quieras.
Alejandro dio un paso hacia él.
—¿Todavía no entiendes lo que hiciste?
Rodrigo no respondió.
—Humillaste a mi esposa porque creíste que no podía defenderse. Y ahora que sabes quién es, sigues buscando cómo culparla.
Mi cuñado apretó los puños.
—Siempre te pones de su lado.
—Porque es mi esposa. Y porque tú estás equivocado.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Mi suegra comenzó a llorar.
No eran lágrimas discretas.
Se cubrió la boca con ambas manos y tuvo que apoyarse en una silla.
—Dios mío… —susurró—. Dios mío, no puede ser.
Marisol se acercó.
—¿Mamá?
Patricia levantó la mirada hacia mí.
Su expresión había cambiado por completo.
Ya no parecía enojada.
Parecía aterrorizada.
—Valeria… —dijo con la voz quebrada—. ¿En qué avenida ocurrió aquel accidente?