CORRÍ A CASA CON MIS DOS HIJOS PARA CONTARLE A MI ESPOSO QUE HABÍA HEREDADO 480 MILLONES DE PESOS… ¡PERO LO ENCONTRÉ CON SU AMANTE ECHÁNDONOS A LA CALLE!

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

—¿Qué empresa? —pregunté.

—Grupo Altamira, señora Fernández. Su tía era propietaria del sesenta y ocho por ciento de las acciones. Usted es ahora la accionista mayoritaria.

Miré a Alejandro.

Grupo Altamira era la empresa donde mi esposo ocupaba el puesto de director comercial.

La misma empresa de la que siempre presumía ser uno de los hombres más importantes.

La misma empresa que, según él, algún día le pertenecería.

—Eso no puede ser —susurró Alejandro.

—Los documentos están debidamente formalizados —respondió el abogado—. Además, el consejo de administración ha solicitado una reunión urgente con la nueva accionista mayoritaria.

La mujer del vestido rojo soltó lentamente el brazo de Alejandro.

—Espera… ¿me estás diciendo que tu esposa es dueña de la empresa donde trabajas?

Nadie respondió.

Ella dio un paso hacia atrás.

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