Debajo aparecía un título:
“Mi mamá: la mujer más valiente que conozco.”
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Mateo… ¿por qué elegiste hablar de mí?
Mi hijo sonrió.
—Porque la maestra dijo que teníamos que hablar de alguien que hubiera cambiado el mundo.
Solté una pequeña carcajada.
—Cariño, yo no he cambiado el mundo.
Mateo negó con la cabeza.
—Sí lo hiciste, mamá.
Señaló una fotografía de la fundación.
—Cambiaste el mundo de esas familias.
Luego señaló a Sofía.
—Cambiaste nuestro mundo cuando nos defendiste.
Finalmente, me tomó la mano.
—Y cambiaste el tuyo cuando dejaste de creer las cosas feas que papá decía de ti.
No pude responder.
Simplemente lo abracé.
Sofía corrió hacia nosotros y se unió al abrazo.
Permanecimos así durante varios minutos.
Sin decir nada.
Sin necesitar nada más.