Luego escuché su voz, más suave.
“Y Mariana…
Nunca permitas que alguien te convenza de que no vales nada por no ganar un sueldo.
Criar a tus hijos, acompañarlos cuando tienen miedo, enseñarles a ser buenos seres humanos… también es trabajo.
Y es un trabajo que merece respeto.
Te quiero, mi niña.
Siempre te quise.”
Me llevé las manos al rostro.
Sofía, que estaba sentada a mi lado, comenzó a llorar.
—Mamá, ¿la tía Elena todavía nos quiere desde el cielo?
La abracé.
—Su amor sigue con nosotros, cariño.
Entonces Mateo hizo una pregunta que cambiaría nuevamente mi vida.
—Mamá… ¿por qué no hacemos la casa que quería la tía Elena?
Lo miré.
—¿Qué casa?
—La casa para las mamás que no tienen adónde ir.
Sentí un escalofrío.
Miré la fotografía de mi madre y mi tía sobre la chimenea.