No invité a empresarios.
No hubo periodistas.
Solo familiares, algunos antiguos empleados y personas que la habían querido.
Entre los invitados apareció una mujer mayor que caminaba apoyándose en un bastón.
Se llamaba Teresa Morales.
Había trabajado como empleada doméstica para mi tía durante treinta años.
Cuando me vio, comenzó a llorar.
—Señorita Mariana… su tía estaría tan orgullosa de usted.
La abracé.
—La extraño muchísimo, doña Teresa.
Ella sacó un pequeño paquete de su bolso.
—La señora Elena me pidió que le entregara esto el día de su cumpleaños, si ella ya no estaba.
Sentí que se me aceleraba el corazón.
—¿Otro regalo?
Teresa sonrió.
—El más importante de todos, según ella.
Abrí el paquete.
Dentro había una pequeña grabadora digital.
Y una nota.
“Para cuando necesites escuchar algo que el dinero jamás podrá comprar.”