Me quedé mirando aquella frase durante mucho tiempo.
Después guardé la fotografía en mi cartera.
No para aferrarme al pasado.
Sino para recordar que, incluso en los momentos más difíciles, Alicia había encontrado una razón para sonreír.
Pasaron varias semanas antes de que pudiera volver a trabajar con cierta normalidad.
Regresé al hospital, pero solicité apoyo para afrontar el duelo y me aseguré de que mis responsabilidades profesionales no se confundieran con mi dolor personal.
Algunas noches todavía soñaba con Alicia.
En mis sueños, entraba en mi consulta, se sentaba frente a mí y me decía:
—Doctor Lucas, ¿sabe que sonreír es gratis, verdad?
Yo siempre intentaba responderle, pero despertaba antes de conseguirlo.
Un día, Sofía me invitó a tomar un café.
Llevaba una carpeta con los documentos que habíamos estado reuniendo y una expresión más serena que la del día del funeral.