Sofía conservaba algunos documentos que Alicia había guardado y que podían ayudar a aclarar las fechas.
Con ayuda de especialistas, comenzamos a buscar respuestas.
No fue sencillo.
Hubo llamadas, citas, documentos y días en los que cualquier noticia parecía abrir una nueva herida.
Pero, poco a poco, comprendí que la carta no era una promesa de que todo saldría bien.
Era una petición para que no permitiera que el miedo decidiera por mí.
Una mañana, mientras esperaba una llamada, encontré la fotografía de nuestra boda.
Alicia estaba sentada en la cama del hospital, con su pañuelo blanco y aquella sonrisa traviesa que tanto había echado de menos.
Yo aparecía a su lado, con una corbata torcida y los ojos llenos de lágrimas.
En el reverso había escrito:
«Nuestro primer día como esposos. No dejes que sea solo nuestro último recuerdo».