El agua estaba helada.
Mi abuelo insistía en que necesitaba acostumbrarse al entorno para recuperar la confianza que había perdido después de su diagnóstico. Yo llevaba ropa ligera para poder ayudarlo desde la orilla y, en ocasiones, me cambiaba cuando terminaba empapada por ayudarlo a entrar y salir del agua.
Pero había algo que no le había contado a mi madre.
Mi abuelo me había pedido que no le dijera nada porque no quería preocuparla.
Y yo había aceptado.
No porque él me hubiera hecho daño, sino porque tenía miedo de que mi madre le prohibiera seguir intentándolo.
Con el tiempo, aquella promesa se convirtió en una carga insoportable.
Mi abuelo empeoraba algunos días. En otros, se frustraba cuando no podía completar los ejercicios. Y yo, que no era médica ni fisioterapeuta, me sentía responsable de mantenerlo animado.