Mi abuelo había crecido cerca de aquel bosque. Su padre le había enseñado a nadar allí cuando era niño, y durante décadas había regresado al lugar cada vez que necesitaba encontrar un poco de paz.
Pero ahora apenas podía caminar cuesta arriba sin quedarse sin aliento.
Los primeros días, intentó practicar ejercicios en casa. Después empezó a ir al arroyo, acompañado de un fisioterapeuta que le había explicado cómo trabajar la respiración y recuperar algo de movilidad sin ponerse en peligro.
Sin embargo, el tratamiento no estaba dando los resultados que esperaba.
Entonces me pidió ayuda.
Quería que lo acompañara durante sus ejercicios y que lo ayudara a registrar sus avances. Como yo había estudiado primeros auxilios, acepté acompañarlo, aunque pronto comprendí que la situación era más delicada de lo que había imaginado.