La noche del incendio, Daniel me llamó cerca de las diez.
—He encontrado los archivos originales —dijo—. Están en el servidor de respaldo del invernadero. Hay órdenes firmadas y registros que demuestran cuándo alteraron los resultados.
—Ve a la policía.
—Primero necesito sacar una copia. Mañana migran el sistema y pueden borrarlo todo.
Le dije que esperara.
Cuando llegué, la puerta lateral estaba abierta.
El invernadero permanecía casi a oscuras.
Daniel estaba frente a una consola, copiando archivos en una unidad de almacenamiento.
—Son muchísimos —murmuró—. Falta poco.
Entonces escuchamos un golpe metálico.
La puerta automática se cerró detrás de nosotros.
Daniel corrió hacia ella.
No se abrió.
Intenté llamar a emergencias. Apenas había señal dentro de aquella estructura de cristal y acero.
Después se activó la alarma.
Un olor químico se mezcló con el aire húmedo.