Gracias por haber amado al hombre que fui cuando todavía no sabía escuchar.
Y perdóname por el hombre en el que me convertí.
Liang».
Leí la carta dos veces.
Después la guardé en un cajón.
Coloqué la planta junto a la ventana, donde llegaba el sol de la mañana.
No lloré.
Tampoco llamé a Liang.
Algunas despedidas no necesitan una respuesta.
Tres años después de la lluvia
A finales de septiembre me invitaron a una pequeña ceremonia en la universidad.
El antiguo invernadero experimental había sido reconstruido y abierto como espacio de formación para estudiantes y trabajadores técnicos.
Su nuevo nombre estaba grabado junto a la entrada:
INVERNADERO DANIEL SUÁREZ
Elena y su hija fueron las encargadas de cortar la cinta.
Asistí con un vestido sencillo, el cabello recogido y la cicatriz visible.
Durante años había utilizado mangas largas incluso en verano.