Pero destruía la mentira sobre nuestra supuesta relación y daba una pista concreta sobre lo sucedido.
Lloré.
No por Liang.
Ni siquiera por mí.
Lloré pensando en la hija de Daniel, que había crecido escuchando murmullos sobre su padre sin conocer la verdad.
Tomé el teléfono.
Busqué un número que había guardado aunque nunca me atreviera a utilizarlo.
Elena Suárez.
Contestó después del cuarto tono.
—¿Xia?
Su voz sonaba mayor.
—Elena, perdona que te llame.
No respondió.
—He encontrado una grabación de Daniel.
Escuché su respiración.
—¿Qué grabación?
—Habla de lo que ocurrió en el laboratorio. Explica por qué estábamos allí.
Durante varios segundos no dijo nada.
Después empezó a llorar.
—Mi hija tiene doce años —susurró—. Hace dos meses un compañero le dijo que su padre había muerto por escaparse con una mujer casada.