El primero era Rocco.
El segundo me hizo detener la respiración.
Margaret Bennett.
Mi madre.
Retrocedí horrorizada.
—No. Eso tiene que ser un error.
Carmine tomó el diario.
Su expresión era imposible de descifrar.
—Ivy, ¿tu madre alguna vez te habló de Salvatore?
Negué con la cabeza.
—Jamás.
En ese instante sonó mi teléfono.
Era mamá.
Respondí inmediatamente.
—Mamá, necesito preguntarte algo.
Pero su voz sonó extrañamente tranquila.
—Ya encontraste el diario, ¿verdad, cariño?
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Cómo lo sabes?
Hubo un silencio.
Entonces escuché una voz masculina al fondo.
Una voz que reconocí.
Rocco.
—Dile que venga sola —ordenó.
Me quedé helada.
—Mamá, ¿estás con Rocco?
Mi madre suspiró.
—Hay cosas que nunca pude contarte, Ivy.
—¿Qué cosas?
Su siguiente frase me dejó sin aliento.
—Tu padre no murió intentando escapar de Salvatore.
Las lágrimas me nublaron la vista.