Después de 48 años de matrimonio, empecé a temer que mi esposo estuviera planeando matarme

—Sí —susurré—. Pero la próxima vez que quieras darme una sorpresa, simplemente cómprame flores.

Por primera vez en semanas, los dos nos reímos.

Y aquella noche, mientras el océano susurraba al otro lado de nuestra ventana, comprendí algo importante.

Después de cuarenta y ocho años de matrimonio, el amor todavía tenía el poder de sorprenderme.

Pero también había aprendido que incluso el amor más profundo necesita honestidad.

Porque la sorpresa más hermosa del mundo no significa nada si la persona a la que amas está demasiado asustada como para disfrutarla.

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