Y ahora comprendía que su crueldad podía esconder algo más que arrogancia.
—¿Por qué nunca me dijiste nada? —pregunté.
Julián respondió con una voz apenas audible:
—Porque Victoria dijo que, si tú descubrías lo que habíamos hecho, perderíamos todo.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué habían hecho?
Julián respiró agitadamente.
—Clara, necesito que me prometas que me escucharás antes de llamar a tus abogados.
Miré la pantalla del intercomunicador.
—No voy a prometerte nada.
Entonces pronunció una frase que me dejó helada.
—La noche anterior a nuestra boda, Victoria y yo firmamos un acuerdo sobre las participaciones que tu padre te había dejado.
Me quedé inmóvil.
Mi padre llevaba muerto casi diez años.
Sus acciones estaban protegidas mediante estructuras legales que Julián nunca había administrado.
—Eso es imposible —susurré.
Julián bajó la cabeza.