Me quedé inmóvil.
—¿Y nuestros hijos?
Robert bajó la cabeza.
—Ellos también están preocupados. Queríamos visitar este centro contigo para conocer las opciones de apoyo y ver si podíamos encontrar ayuda para ti en casa. Pero cometí un error terrible. Tenía tanto miedo de que te negaras a escucharme que decidí traerte aquí sin explicarte nada.
—¿Y por qué dijiste que nunca volvería a ver a mis hijos?
Se cubrió la cara con las manos.
—Porque el médico nos explicó que, si algún día necesitas atención especializada, quizá tengamos que cambiar nuestra rutina. Yo lo interpreté como si todo fuera a cambiar para siempre. Estaba asustado y dije algo cruel que no debía haber dicho.
Por primera vez aquella mañana, comprendí que Robert también tenía miedo.
Pero eso no borraba lo que había hecho.