Durante dos años alimenté cada domingo a una anciana que solo tenía monedas para un caldo. Un día llegó su hijo millonario y descubrí que había comprado el edificio para convertirlo en un hotel. “Mi madre nunca me habló de este lugar”, aseguró. Le mostré la mesa donde ella lo esperaba cada semana. Pero cuando leyó la carta escondida en su bolso, comprendió que estaba a punto de destruir mucho más que un restaurante.

Después sacaba unas monedas de su monedero y las contaba cuidadosamente.

Mariana había descubierto que la anciana apenas tenía dinero para comer. Desde entonces, cada domingo pagaba de sus propias propinas una milanesa con arroz rojo, frijoles y ensalada.

—Hoy la casa invita, doña Teresa.

La anciana sonreía.

—Tu patrón debe ser un hombre maravilloso.

Desde la cocina se escuchaban los insultos de don Rogelio.

Ambas intercambiaban una mirada cómplice.

Durante aquellos almuerzos, doña Teresa hablaba de su hijo Alejandro, un empresario que vivía en Ciudad de México.

—Está muy ocupado. Pero dice que pronto vendrá a verme.

Mariana sabía que aquella promesa llevaba demasiado tiempo repitiéndose.

También había observado algo extraño: aunque la mesa tenía la mejor vista del restaurante, doña Teresa casi nunca miraba por la ventana.

Sus ojos siempre buscaban una fotografía de 1967 donde aparecían tres jóvenes meseras.

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