Durante dos años alimenté cada domingo a una anciana que solo tenía monedas para un caldo. Un día llegó su hijo millonario y descubrí que había comprado el edificio para convertirlo en un hotel. “Mi madre nunca me habló de este lugar”, aseguró. Le mostré la mesa donde ella lo esperaba cada semana. Pero cuando leyó la carta escondida en su bolso, comprendió que estaba a punto de destruir mucho más que un restaurante.

Pero no puede recuperar los domingos que dejamos pasar sin visitar a quienes nos aman.

Y tú, ¿qué habrías hecho en el lugar de Mariana? ¿Habrías perdonado a Alejandro después de semejante humillación?

Quizá todos conocemos a alguien que tiene la mesa puesta, esperando una visita que siempre prometemos hacer.

Tal vez hoy sea el momento de cumplir esa promesa.

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