Mariana tampoco olvidó lo ocurrido.
Alejandro tuvo que ganarse poco a poco su confianza, demostrando con acciones que había cambiado.
Una tarde, mientras él ayudaba a recoger los platos, doña Teresa observó cómo miraba a Mariana.
Sonrió discretamente.
Casi sesenta años atrás, en aquella misma mesa, Rafael la había mirado de una manera muy parecida.
Quizá la vida todavía guardaba otra historia para contar.
Pero doña Teresa ya no tenía prisa.
Había recuperado a su hijo, encontrado una hija del corazón y salvado el lugar donde comenzó su historia de amor.
Y cada domingo, cuando Mariana servía tres platos de caldo, recordaba algo que su abuela solía decirle:
—Nunca sabes cuándo una pequeña bondad puede convertirse en el recuerdo más importante de la vida de alguien.
Porque el dinero puede pagar una comida, una casa o incluso un edificio entero.