Finalmente decidió quedarse en Puebla.
Cinco meses después abrió sus puertas una pequeña fonda llamada El Domingo.
Tenía seis mesas, comida casera, trabajadores con sueldos dignos y una fotografía antigua de tres meseras junto a la entrada.
Mariana había utilizado sus propios ahorros y el préstamo documentado de doña Teresa para comenzar.
La mesa junto a la ventana llevaba una pequeña placa:
Reservada para doña Teresa. Todos los domingos, a la una de la tarde.
La anciana continuó su rehabilitación y, con el tiempo, pudo volver a caminar utilizando un bastón.
Alejandro comenzó a viajar desde Ciudad de México cada sábado por la noche.
Ya no mandaba mensajes diciendo que estaba demasiado ocupado.
Los domingos apagaba su teléfono durante la comida y escuchaba a su madre contar historias que él nunca se había tomado el tiempo de conocer.