Durante dos años alimenté cada domingo a una anciana que solo tenía monedas para un caldo. Un día llegó su hijo millonario y descubrí que había comprado el edificio para convertirlo en un hotel. “Mi madre nunca me habló de este lugar”, aseguró. Le mostré la mesa donde ella lo esperaba cada semana. Pero cuando leyó la carta escondida en su bolso, comprendió que estaba a punto de destruir mucho más que un restaurante.

Aquella decisión estuvo a punto de costarle el empleo.

El restaurante La Bugambilia llevaba décadas funcionando en el centro de Puebla. Tenía mesas de madera, platos de talavera y fotografías antiguas colgadas en las paredes.

Mariana trabajaba allí desde hacía seis años. Soportaba los gritos de don Rogelio porque necesitaba ahorrar para cumplir su sueño: abrir una pequeña fonda donde nadie fuera tratado mal por tener poco dinero.

Guardaba sus ahorros en un frasco de vidrio, dentro de un gabinete de su departamento. Una etiqueta escrita a mano decía: Mi fondita.

Pero había algo que ni su jefe ni sus compañeros sabían.

Durante dos años, todos los domingos, exactamente a la una de la tarde, doña Teresa llegaba con su abrigo azul y su rebozo beige.

Siempre pedía lo mismo.

—Un caldito de pollo, mi niña. Nada más.

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