—Usted no sabe nada de mí —dijo con la voz firme—. Y acaba de cometer un error terrible.
Salió del restaurante.
Sin embargo, veinte minutos después, la campanita de la entrada volvió a sonar.
Mariana había regresado cargando una vieja caja de galletas y un enorme frasco de vidrio.
Y lo que estaba a punto de colocar sobre aquella mesa dejaría sin palabras a todos los presentes.
PARTE 3
Mariana atravesó el restaurante sin mirar a nadie.
Colocó la caja de galletas sobre la mesa junto a la ventana y levantó la tapa.
Adentro había decenas de recibos doblados cuidadosamente.
—Ciento cuatro —dijo mirando directamente a Alejandro—. Ciento cuatro domingos. Ciento cuatro comidas pagadas con mis propinas. Cada recibo tiene su fecha y la cantidad que entregué en caja.
Alejandro tomó uno.
Después otro.
Todos correspondían a una milanesa con arroz y frijoles.
Ciento ochenta pesos por comida.