En una de ellas, alguien había escrito: «Mamá, te quiero mucho».
No recordaba haberla escrito.
Pero reconocí mi letra infantil en la fotografía que había detrás.
Elena me miró con lágrimas en los ojos.
«Nunca dejé de ser vuestra madre, aunque no pudiera estar con vosotros».
Simon le tomó una mano.
«Y nosotros nunca dejamos de necesitarte, aunque no lo supiéramos».
Aquella noche, cuando regresé a casa, pensé en el ramo de lirios blancos que había llevado a Beatrice.
Durante años, había creído que volver a aquella casa una y otra vez era una prueba de amor. Pensaba que, si seguía siendo un buen hijo, quizá algún día ella me miraría con ternura.
Ahora entendía que no tenía que ganarme el derecho a ser amado.
Mi hermano y yo habíamos perdido veinte años con nuestra madre. Nada podía devolvérnoslos.