Necesitaba comprender lo que sucedía antes de enfrentarlo.
El Hospital Santa Elena estaba ubicado en una zona tranquila de Coyoacán.
En recepción pregunté por Lucía Salcedo.
La enfermera me observó con una expresión extraña.
—¿Usted es Valeria?
Asentí.
Sus ojos se humedecieron.
—La niña habla mucho de usted.
Aquello me confundió todavía más.
—Pero yo ni siquiera sabía que existía.
La enfermera bajó la mirada.
—Será mejor que hable con la doctora.
Me condujeron hasta el área de pediatría.
Allí conocí a la doctora Renata Castillo, una mujer de aproximadamente cincuenta años que parecía llevar demasiadas noches sin dormir.
Me invitó a sentarme.
—Antes de cualquier cosa, necesito aclararle que no puedo compartir información médica privada sin autorización. Pero podemos avisarle a Ian que está aquí.
—Solo quiero saber por qué esa niña llama papá a mi esposo.