—Entonces hagamos una promesa.
—¿Qué promesa?
—Que si algo nos pone tristes, lo vamos a decir. Para que nadie tenga que guardar secretos.
Sentí que el corazón se me encogía.
Ian se arrodilló junto a nosotras.
—Me parece la mejor promesa del mundo —respondió.
Los tres juntamos las manos.
Y por primera vez comprendí que nuestra familia no había comenzado realmente en aquella boda llena de flores y música.
Había comenzado en un pasillo de hospital, cuando una niña asustada me preguntó si su papá todavía iba a quererla.
Un año después de nuestra boda, finalmente hicimos el viaje a Grecia.
Pero no fuimos solos.
Lucía vino con nosotros, después de recibir la autorización de sus médicos para viajar.
En una playa tranquila de Santorini, mientras el sol comenzaba a esconderse detrás de las casas blancas, Ian me tomó de la mano.