Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Te amo, Ian. Pero amar a alguien no significa que no pueda lastimarte.
—Lo sé.
—Necesitamos ayuda. Necesitamos aprender a hablar incluso cuando la verdad nos dé miedo.
Ian asintió.
—Lo que tú necesites.
Decidimos comenzar terapia de pareja.
No fue una solución mágica.
Hubo conversaciones difíciles, noches de lágrimas y momentos en los que pensé que nuestro matrimonio no sobreviviría.
Pero Ian dejó de esconderse detrás del miedo.
Respondió mis preguntas, asumió sus errores y respetó el tiempo que necesitaba.
Y poco a poco, empezamos a reconstruir algo que creí perdido.
Seis meses después, Lucía estaba mucho mejor.
Continuaba con sus revisiones médicas, pero ya podía caminar por el parque, jugar tranquilamente y asistir a clases con las recomendaciones de sus especialistas.
El proceso judicial también había avanzado.