—Entonces no tengo tanto miedo.
Antes de entrar al quirófano, me hizo una última pregunta.
—¿Puedo llamarte tía Vale?
Me arrodillé a su lado.
—Claro que sí.
Me abrazó.
Fue un abrazo pequeño, débil, pero tan lleno de confianza que tuve que contener las lágrimas hasta que las puertas del quirófano se cerraron.
La cirugía duró casi siete horas.
Siete horas en las que Ian caminó de un extremo al otro de la sala de espera.
Siete horas en las que yo recordé cada conversación que habíamos tenido sobre formar una familia.
Siempre habíamos dicho que queríamos hijos algún día.
Pero jamás imaginé que nuestra historia comenzaría con una niña de seis años esperando una operación de corazón.
A media mañana llegó la madre de Ian, doña Teresa.
Cuando me vio, comenzó a llorar.