Ella sonrió.
—¿Crees que algún día podamos vivir los tres juntos?
En ese instante escuché pasos apresurados.
Me giré.
Ian estaba parado al final del pasillo.
Llevaba la misma camisa blanca con la que había dormido y tenía el rostro completamente pálido.
Miró a Lucía.
Después me miró a mí.
Y susurró:
—Valeria… por favor, déjame explicarte.
Pero antes de que pudiera acercarse, Lucía corrió hacia él.
—¡Papá!
Ian la levantó cuidadosamente entre sus brazos.
La abrazó con tanta fuerza que comenzó a llorar.
Yo jamás había visto llorar así a mi esposo.
Entonces la niña dijo algo que terminó de destrozarme.
—Papá, ya conocí a Valeria. No está enojada conmigo. ¿Ahora sí puedo ir a casa?
CAPÍTULO 3: LA VERDAD QUE IAN HABÍA ESCONDIDO
Ian me pidió que habláramos en privado.
Dejamos a Lucía con la enfermera y entramos en una pequeña sala de espera.