—¿Por qué, Lucas?
El niño se encogió de hombros.
—Porque cuando rompo algo, papá viene.
Aquellas palabras lo golpearon con más fuerza que cualquier acusación.
Recordó las veces que había entrado furioso en el salón al encontrar una lámpara rota o una alfombra manchada. Recordó cómo había reprendido a sus hijos y cómo, después, había regresado al teléfono para terminar una reunión.
Los niños habían descubierto que el enojo de su padre era la única emoción que todavía podían provocar en él.
Incluso un regaño significaba que, durante unos minutos, papá estaba allí.
Daniel se llevó las manos a la cara.
—Dios mío…
Mary se acercó a él.
—Señor Daniel, sus hijos necesitan límites. No pueden lastimar a las personas ni destruir cosas para expresar lo que sienten. Pero también necesitan que alguien les enseñe a expresar ese dolor de otra manera.